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Historia y naturaleza: las mejores postales de Alta Gracia




A 30 km al sur de Córdoba capital, esta ciudad conserva un valioso testimonio de la época colonial en su Estancia Jesuítica. Además, el circuito de museos rescata el paso de célebres personajes por sus calles tranquilas y el entorno de sierras.



por Cristian Sirouyan

Con las primeras sombras, la tarde empieza a deshacerse lentamente. Se proyectan desde los muros de la Estancia Jesuítica, para desplomarse alrededor de la Torre del Reloj. A un costado de la postal más difundida de Alta Gracia desde 1928, sobre el borde del Tajamar construido por los sacerdotes jesuitas llegados a Córdoba en el siglo XVII, la jornada del domingo sigue encendida con la melodía del dabke. La tradicional danza árabe brilla con la armónica cadencia del conjunto Ashtar y empuja al público -vecinos y turistas de a pie mezclados con gente de paso a punto de seguir de largo, que se encuentra con la fiesta inesperada y prefiere desensillar- hacia la plazoleta de piedra. Para los principiantes no es nada sencillo acompañar el ritmo de las bailarinas, pero poco importa.

“Queremos generar un espacio de difusión, reunión y expansión de nuestro folclore”, se ilusiona Ilona Ayub, nacida en Siria y portadora de un inconfundible acento árabe superpuesto con un desliz de tonada cordobesa. El magnetismo que suele ejercer esta ciudad -ubicada a 30 kilómetros al sur de la ciudad de Córdoba- sobre los visitantes puede encontrar una explicación posible en la diversidad aportada por el encuentro de distintas corrientes de inmigrantes con la cultura legada por los pobladores originarios. Es un motivo nada desdeñable para visitarla.

Sin embargo, no son pocos los que llegan encandilados por los nombres fuertes que dejaron su impronta aquí y rastrean sus huellas en el circuito de las casas-museo. Décadas atrás, al ritmo sosegado de las calles de Alta Gracia se adaptaron Ernesto Guevara -cuando el Che niño era más conocido como Teté-, el músico español Manuel de Falla y el artista plástico francés Gabriel Dubois. Menos conocidos son los pasos de otras celebridades. El prestigioso científico alemán Albert Einstein -nacionalizado suizo, austríaco y estadounidense- , el príncipe de Gales y los ex presidentes argentinos Arturo Frondizi y Arturo Illia tuvieron el privilegio de atravesar en distintos momentos el lustroso piso de azulejos blancos que engalana la galería del Sierras Hotel.

Pero hay otra credencial envidiable que Alta Gracia exhibe desde la entrada misma por la ruta 5, la avenida San Martín o la rotonda de Falda del Carmen: su atmósfera está impregnada por el característico clima benigno de la región, un invisible velo perfumado por el aroma de hierbas, que las brisas -casi imperceptibles- arrastran desde el vistoso collar de sierras teñidas de verde.

Hacia el oeste, el Valle de Paravachasca (“vegetación enmarañada”, según una expresión de los nativos comechingones) amplía el horizonte sobre un plano inclinado. Al amanecer, una espesa niebla borronea las parcelas sembradas, que bien al fondo de la panorámica se distinguen en las alturas de la Pampa del Condorito.

Ese predominante paisaje árido se interrumpe bruscamente en el centro mismo de la ciudad. A los pies de la atalaya de piedra que sostiene el emblemático reloj público, las aguas quietas del Tajamar replican las siluetas de los nogales alineados sobre la costa, como una amable propuesta para recrear la vista durante un buen rato de ocio. La obra del centenario embalse tuvo como objetivo el aprovechamiento del cauce del arroyo Alta Gracia para regar los sembradíos e impulsar el funcionamiento de dos molinos harineros y un batán. Su murallón de 80 metros de largo, hecho con piedra, cal y arena, sugiere el típico paseo para esperar el momento irrepetible de la caída del sol en familia, despreocupados con el termo y el mate a mano.

El recuerdo del Che se torna cada vez más presente en el corazón de la ciudad, a unas diez cuadras de Villa Nydia, la casa transformada en museo en 2001 donde se instaló la familia Guevara en 1935. Por un momento, los vendedores de pastelitos de la plaza Solares aplacan sus voces sonoras para revelar, poco menos que con un susurro, el primer dato local sobre el hombre rosarino convertido en mito de alcance internacional: “Allí enfrente, en la escuela Manuel Solares, estudiaba Ernestito”.

A partir del aporte de estos guías espontáneos, la figura del Che se torna recurrente en la Feria de Artesanos del pueblo. La mirada firme que registró el fotógrafo cubano Alberto Gutiérrez (Korda) en 1960 y la firma del Che aparecen reproducidos en videos, libros, cd, remeras y hasta en magistrales trabajos creados en cerámica, cuero y madera de algarrobo. A partir de esa tácita manifestación de bienvenida -que los turistas interpretan sin mucho esfuerzo-, los lugareños revelan la razón por la cual los puestos dejaron de lucir los colores vistosos de los tejidos -hechos a mano o con aguja- de lana de llama, alpaca y oveja, que producían las manos expertas de la fábrica textil Tadar. Ese genuino motivo de orgullo de Alta Gracia, inaugurado en la década del 40 y famoso por sus ponchos, ruanas, chalinas, guantes, frazadas, suéteres y gorros, cerró sus puertas en 2015 y ahora asoma un centro cultural en los galpones de la calle San Juan Bosco, bruscamente silenciados por los estragos de la crisis económica.

Por el contrario, el pasado próspero de Alta Gracia conserva su mejor semblante a lo largo de la calle Avellaneda, el eje en el que se encolumnan casonas de estilo art decó, art nouveau, colonial e inglés. A los dos lados relucen sus techos de cinc a dos aguas, galerías abiertas, rejas de hierro fundido y cenefas de madera. De esa urbanización singular, el matrimonio Guevara se inclinó por Villa Nydia para echar raíces en Alta Gracia y ayudar a su hijo Ernesto, de 4 años, a recuperarse de un severo cuadro de asma. “La casa de los dos pinos” es una de los seis chalés donde residió la familia del Che durante su estancia de once años en esta ciudad.

Sobre la pared de una de las siete habitaciones, un mural ilustra el derrotero del Che por el Noroeste argentino, Cuyo y el centro del país en 1950. Esa travesía de más de 4 mil kilómetros, trajinada en una bicicleta a pedales y motor con su amigo Alberto Granado, sería apenas un ensayo del desafío mayor, que realizó tres años después en tren y a pie por toda Latinoamérica con Carlos “Calica” Ferrer.

El museo conserva el uniforme que el revolucionario vistió en Sierra Maestra, centenares de fotos de distintas épocas (desde que, de niño, vistiera sombrero e impecable traje blanco en las calles de tierra de Alta Gracia), los boletines escolares con las mejores calificaciones en Geografía, Historia e Instrucción Cívica, el título de médico extendido por la Universidad de Buenos Aires en 1953, la matrícula de enfermero, la habitación con el piso de pinotea original que compartió con su hermano Roberto y la constancia de su primer trabajo rentado, como laboratorista de la Dirección de Vialidad de Córdoba.

A siete cuadras de allí, bastante más austera y menos transitada, la finca Los Espinillos recrea los días de autoexilio que se impuso Manuel de Falla desde su desembarco en la Argentina en 1942, aquejado por una tuberculosis y con el dolor por la muerte de su amigo Federico García Lorca a cuestas. Antes de ser seducido por Alta Gracia, Falla fue invitado por el Teatro Colón de Buenos Aires para dirigir cuatro conciertos de música de su país. La Guerra Civil española había golpeado sin piedad al más afamado compositor y director de orquesta gaditano, que encontró algo de reparo hasta su muerte -en 1946- en su nueva casa y en los jardines y salones del Sierras Hotel. Ataviado con su poncho de vicuña y una chalina de alpaca, hasta ese elegante bastión de la aristocracia se acercaba todas las tardes para asistir a la ceremonia del té de las 5 en punto. Su obra inconclusa, “La Atlántida”, fue completada por un discípulo.

El sistema hidráulico de avanzada introducido por los jesuitas para regar, moler trigo, lavar y curtir cueros -cuya mayor expresión exhibe el Tajamar- tiene su correlato a medida en la mole pétrea de la Estancia Jesuítica y residencia de verano para los estudiantes del Colegio Mayor de Córdoba capital. Sus amplias comodidades fueron detectadas por Santiago de Liniers, que decidió comprar la gigantesca finca en 1810 para mutar de virrey caído en desgracia a máximo líder contrarrevolucionario. El plan que diseñó para frenar el levantamiento independentista de los criollos le salió demasiado caro: fue descubierto y, sin miramientos, cayó fusilado en Cabeza de Tigre.

En cada rincón, la estancia y la iglesia lindera dejan entrever pasajes del proceso de adaptación de los pobladores comechingones a los usos de los colonizadores. De a poco, la acción persuasiva de los evangelizadores los fue alejando de sus viviendas semisubterráneas y del paisaje bucólico del río Anisacate (donde se dedicaban a pescar), con el propósito de convertirlos al cristianismo, proporcionarles techo y comida y enseñarles artes y oficios. De esa epopeya de transculturación queda en pie una valiosa colección de morteros que se utilizaban para triturar algarroba, chañar y otros granos silvestres, una cocina, el fueye de madera y cuero de una herrería y parte de un órgano construído por un virtuoso luthier de la etnia guaraní en el siglo XVIII.

Cualquier desprevenido puede prestarse a engaño cuando pone pie en la antecocina y la cocina. Son los sectores de la finca que Santiago de Liniers añadió a la construcción a principios del siglo XIX y coronó con un techo a dos aguas. El detalle marca un notorio contraste con el resto de la edificación, recubierto con un diseño abovedado.
Al lado de un naranjo algo sediento, dos jóvenes salen al cruce de los turistas descendidos de una escalera de madera de algarrobo -la salida directa hasta la espadaña que recubre tres campanas- para ofrecerles pastelitos recién horneados. En el mismo punto del patio se reúnen los guías y sus seguidores, que acaban de descubrir en la Sala de Historia el único sector de la Estancia que conserva el piso original. La simpatía de los vendedores, adornada por sonrisas y palabras tan simples como amistosas, cautiva a todos por igual, para resultar el broche perfecto de la tarde soleada aunque algo destemplada.

La interminable romería que se observa a las puertas de la Estancia Jesuítica se replica lejos del casco histórico de Alta Gracia. Del otro lado de los puentes que atraviesan el arroyo Los Paredones, el bosque que resguarda una gruta natural alberga el encuentro místico de los fieles con la Virgen de Lourdes y al puñado de familias que parecen estar decididas a extender la jornada de picnic hasta que la creciente oscuridad de la noche cubra hasta la última rendija de luz. Los que ya están satisfechos con el día al aire libre emprenden el regreso a casa y a los hoteles de Alta Gracia. Con envidiable paciencia esperan un rato para acomodarse en la larga caravana de autos, que avanza sin apuro por las estrechas calles del barrio Santa Teresa de Jesús.

En medio de esas enmarañadas sendas de tierra que suben y bajan hasta el arroyo, los muebles originales y las esculturas de la casona La Peña -donde funciona el Museo de Arte Dubois- reviven las tertulias creativas que organizaba Gabriel Dubois y animaban personalidades e intelectuales de los años 30 a 60. El artista parisino llegó a Buenos Aires en 1895 y encontró el mejor lugar para inspirarse en este rincón agreste enmarcado por las Sierras Chicas. Creó el primer Taller de Arte y Escultura de Alta Gracia en una sala que se mantiene intacta, con las herramientas y cuadros ordenados tal cual él dejó. El paisaje natural que lo rodeaba, en el que abundan la arcilla, la piedra, la madera y los metales, fueron el mejor estímulo para que Gabriel Dubois pudiera desarrollar sus dotes de escultor, orfebre, dibujante y pintor.

Luego de su muerte en 1968, su hijo Emilio Simonnet (“Tití”) y su discípulo Luis Hourgras tomaron la posta y continuaron su obra artística, pero nadie logró superar al pionero en la creación de piezas en terracota. Dubois padre aplicó esa refinada técnica -basada en la arcilla modelada y endurecida al horno- para diseñar con delicadeza los bustos, bajorrelieves, esculturas y objetos de arte decorativo que aportan un matiz diferente al recorrido por el museo.

El calor hogareño que irradia el atelier del artista se refleja en sus óleos, dibujos y pinturas, una sucesión de imágenes vivaces pobladas por burritos, cabras, recreaciones de danzas nativas, flora, fauna y la serranía, las piezas esenciales de la villa turística que despuntaba hace más de medio siglo. Afuera, el paisaje impecable de Alta Gracia -coloreado a toda hora por los cerros, el sol y el cielo transparente- permanece a disposición de sus huéspedes, como sugiriendo nuevos itinerarios para seguir cobijados por su poderosa presencia.

Imperdibles

Museo de Arqueología. Fundado a principios de 2018 a tres cuadras de la Estancia Jesuítica, el Museo Municipal de Arqueología completa el circuito de museos de Alta Gracia. De martes a sábados de 9 a 18 se puede visitar este nuevo espacio, dedicado a la preservación, conservación y difusión de la cultura de los pobladores originarios del Valle de Paravachasca. Se trata de la colección de 4.355 piezas de la época prehispánica y del período colonial, que recolectó durante décadas José Heredia -un arquéologo aficionado que recorría las calles de Alta Gracia como sodero- con su hermano Arturo, aunque en las tres salas y el patio se exhiben 150 objetos, como utensilios de piedra, hueso y cerámica, vasijas, huesos y urnas funerarias.

Parque La Serranita. A 15 kilómetros de Alta Gracia por la ruta 5, este complejo recreativo invita a pasar un día al aire libre muy distendido y disfrutar en familia de más de 50 juegos para todas las edades . Entre otros atractivos, los visitantes disponen de una cancha de minigolf de 18 hoyos, un tobogán gigante, arquería, un laberinto, fútpool, un arenero para los chicos, chorros de agua, gladiadores, hamacas y tejo. Sin embargo, entre las instalaciones creadas en piedra y madera sorprenden las enormes dimensiones de los tradicionales juegos ahorcado, senku, damas, ajedrez y ta-te-ti. Como para que nadie quede afuera de la diversión.

Arroyo Los Paredones. El Club Actividades de Montaña de Alta Gracia suele organizar salidas de trekking por los senderos que recorren la margen de Los Paredones. La abundante vegetación, el curso zigzagueante del arroyo y los paredones de la serranía son las principales atracciones de este desafío, que demanda una caminata de unos 7 kilómetros. Cerca de aquí se puede visitar el campo de golf profesional de 18 hoyos Potrerillo de Larreta, un lugar histórico que hace cuatro siglos formó parte de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia y en 1918 fue adquirido por el escritor, académico y diplomático porteño Enrique Larreta. El casco principal de la finca fue reconvertido en una lujosa hostería.

Villa Anisacate. Una de las más pintorescas villas turísticas del Valle de Paravachasca, Anisacate ofrece un corredor verde para hacer picnic a orillas del río del mismo nombre, 11 km al sur de Alta Gracia. En el pueblo se aprecian restos de morteros de los primeros pobladores, una capilla ortodoxa rusa -de fines del siglo XIX-, un molino creado por sacerdotes jesuitas y la Torre del Ingeniero Dietrich, constructor de un puente sobre el río Anisacate. En la Oficina Municipal de Turismo se sugieren distintos circuitos para caminar, cabalgar y pasear en bicicleta.

Observatorio Astronómico. Los viernes, sábados y domingos de 11 a 13 y entre las 15 y las 18 se puede visitar la Estación Astrofísica de Bosque Alegre, a 38 kilómetros hacia el noroeste de Alta Gracia por las rutas C-45 y E-96. Las visitas guiadas -entretenidas y muy didácticas- ilustran acerca de la historia del observatorio y el desarrollo de la astronomía a nivel local y en el exterior. Con reserva previa, también se realizan recorridos nocturnos, una opción que añade la observación de la vía láctea con telescopio.

La buena mesa

Entre los más de 40 restaurantes que ofrece Alta Gracia se destacan nítidamente las especialidades culinarias de Roal Zuzulich, Maximiliano Buchiell y Eduardo “Egüi” Martin, hijos pródigos de esta ciudad y reconocidos como tres de los mejores chefs de Córdoba. El restó Herencia, de Zuzulich, se caracteriza por la cocina clásica, expresada por platos de elaboración simple que suelen combinar diversos sabores, ideales para maridar con vinos de alta gama. Para diseñar las propuestas de los menúes Sugerencia, Degustación y Mediodía, el prestigioso cocinero aplica buena parte de la experiencia que acumuló durante años en España, Francia e Italia. Prepara un magnífico lomo de cerdo a las brasas con batatas asadas, aunque no se quedan atrás los pescados del día servidos con verduras, las mollejas grilladas ni el contundente mousse de chocolate amargo, que lleva crema de coco y frutos secos.

Por su parte, “Egüi” Martín se luce con abundantes platos de bodegón en el restaurante Boca de Lobo. A su vez, las propiedades culinarias de Buchiell se manifiestan el El Bistró del Alquimista, especializado en pescados y mariscos. La trucha con mango fresco grillado y a la manteca con una emulsión de maracuyá es inigualable. Per no es todo. También son muy recomendables los quesos grillados y frescos de la cuenca lechera de la zona a la vinagreta de jengibre, la mariscada a la crema y el domo de chocolate, un postre elaborado con helado de frambuesa, frutas frescas de estación recubiertas con una capa de chocolate y salsa de dulce de leche.

La amplia variedad de platos que presentan las casas de comidas de Alta Gracia abarca las cervezas artesanales, pizzas a la piedra, salames, platos para celíacos, pastas caseras, parrillas que preparan chivito, lomiterías, sandwiches ni los productos de las huertas orgánicas que florecen en el Valle de Paravachasca.

La oferta local se diversifica aún más cuando se celebran los principales eventos gastronómicos: Peperina y Encuentro del Té Serrano (en Semana Santa), Mionca (encuentro de foodtracks en febrero) y, especialmente, la Fiesta de las Colectividades, a principios de cada año, cuando es posible deleitarse con el tradicional brochette de cerdo y panceta de la colectividad alemana, la paella española, el lehmeyún (empanada árabe), baklava y shawarma de Medio Oriente, tortas y tartas de la tradición polaca, ceviche a la merluza de Perú, tacos mexicanos o una sopa paraguaya.

Miniguía

Cómo llegar. Desde Buenos Aires hasta Alta Gracia son 707 kilómetros por ruta 9 (Panamericana ramal Campana); en Río Segundo girar hacia la izquierda y seguir por la ruta C-45; cinco peajes. Opción: por ruta 9 continuar hasta la Avenida de Circunvalación de Córdoba capital, girar a la izquierda y desviar nuevamente hacia la izquierda por la ruta 5; 7. También se puede llegar por ruta 8 (Panamericana ramal Pilar) hasta Río Cuarto y rutas 36, E-56, 5 y C-45; 6 peajes.

Tren Mitre hasta la ciudad de Córdoba (19 hs.) ; sale de Retiro los lunes y jueves a las 19.30 y regresa desde Córdoba los jueves y domingos a las 12.30.

Micro común Sarmiento de Córdoba a Alta Gracia (1 h. 20’ por rutas 20 y C-45) servicio Diferencial (directo por ruta 5; llega en una hora); bus Sierras de Calamuchita

Bus semicama TUS, San Juan-Mar del Plata, Chevallier o Urquiza desde Retiro hasta Alta Gracia.

Dónde alojarse. En la ciudad de Córdoba, hotel con spa Windsor: habitación doble, desayuno, caja de seguridad, sauna seco, TV cable, wi-fi, gimnasio con entrenador personal, sauna seco y piscina climatizada descubierta. Programa “De a dos”, con desayuno, gimnasio, piscina, sauna seco, pileta climatizada, TV cable, wi-fi, cena de cuatro pasos en el restaurante Sibaris con vino, bebida sin alcohol y café, cochera y valet parking, (0351- 422-4012 / reservas@windsortower.com / www.windsortower.com).

En Alta Gracia, hotel Ritz: habitación doble Estándar con desayuno, cochera cubierta, TV cable, wi-fi y caja de seguridad,(www.hotelritzaltagracia.com.ar).

Hotel y spa Solares del Alto: habitación doble con desayuno, cochera cubierta, wi-fi, pileta climatizada descubierta, TV cable y caja de seguridad, (www.solaresdel alto.com.ar).

Hotel y casino Sierras Howard Johnson: habitación doble con desayuno, TV cable, wi-fi, minigimnasio, sauna seco, caja de seguridad, TV cable, estacionamiento y pileta climatizada cubierta, (www.hjaltagracia.com.ar).

Hostal Hispania: habitación doble con desayuno, cochera, pileta climatizada cubierta, wi-fi, TV cable y gimnasio (www.hostalhispania.com.ar).

Actividades

Pase para ingresar a museos del Che, Manuel de Falla y de Arte Dubois.

Entrada a la casa-museo del Che Guevara; chicos de hasta 12 años, gratis (03547- 428-579).

Entrada a la casa-museo Manuel de Falla, (03547- 429-292).

Entrada al Museo de Arte Gabiel Dubois, (03547- 421-478 / dubois@altagracia.gov.ar

Entrada al Museo Nacional Estancia Jesuítica de Alta Gracia y Casa del Virrey Liniers, gratis. Tampoco se pagan las visitas guiadas: hay cuatro por día, de martes a domingos y feriados (www.museo estanciaaltagracia.org).

Entrada al Museo Municipal de Arqueología, gratis.

Entrada al Observatorio de Bosque Alegre (con visita guiada diurna o nocturna), 0351- 433-1063/4/5 / difusion.oac@gmail.com.

Entrada y acceso a 50 juegos del parque recreativo La Serranita (en ruta 5 km 43,5, a 15 km de Alta Gracia). Pase Serrano (agrega minigolf y arquería); los niños cuya talla no supere 1,70 m no pagan, aunque no están habilitados para jugar al minigolf ni arquería y no pueden tirarse en el tobiogán gigante (www.laserranita.com.ar).

Vuelo de bautismo con instructor en paracaídas en el Aeroclub Alta Gracia, (0351- 153487628/9).

Dónde informarse. En Buenos Aires, Casa de la Provincia de Córdoba: avenida Callao 332, teléfono 4371-1668.

En Córdoba capital, (0351) 434-8264/0.

En Alta Gracia, (03547) 428-128.

turismo@altagracia.gob.ar

privadaturismocba@gmail.com

www.altagracia.gob.ar

www.culturaviva.gob.ar

www.cordobaturismo.gov.ar

www.camaracbaturismo.org.ar

www.cordobaserrana.com.ar

www.turismoencordoba.net

www.cordobaturismoafull.com.ar

www.sierrasdecordoba.com

www.turismocordoba.com.ar


Fuente: CLARIN.COM